Lia Mills, Una vida inconveniente

Publié le 25/04/2017

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Lia Mills, Una vida inconveniente  (An unconvenient life, Tyer WolfeBooks, USA, 2017)

https://www.liamills.ca

Lia Mills es una joven de veinte años que publica su primer libro. Pero es una veterana en el combate por imponer un nuevo paradigma en Canadá, país sumamente permisivo en cuanto al aborto: allî la mujer hoy en día puede abortar legalmente sin mayor motivo que su “derecho a elegir”, y el aborto se practica hasta el mismo parto, en el sistema de salud pública, financiado por los impuestos. Cuando descubrimos que existen orientaciones “feministas” en las instituciones internacionales que tratan de imponer en cada paîs que cada hospital realice un aborto por cuatro nacimientos, y que la nueva práctica supuestamente progresista de los vientres de alquiler descansa en una selección implacable de embriones y fetos que elimina a muchísimos para que al fin se logre un nacimiento antinatural, nos entra un mareo metafísico. ¿Es posible que las sociedades más desarrolladas estén dispuestas a acometer tantas matanzas invisibles pero legales, y ciegamente  consentidas por tantos hombres y mujeres?  ¿Es que para el mundo desarrollado, todos los que no sean ricos o esclavos útiles a los ricos no merecen vivir, sencillamente? ¿ Es que la vida ajena es “inconveniente” para cualquiera que aspire a ser dueño y señor de las vidas de los demás? Y por qué razón nosotros los que tuvimos la suerte de ser paridos a la buena de Dios deberíamos conformarnos con esta nueva barbarie?

Lia Mills descubrió espantada todo esto a los doce años. Con la extraordinaria energía de la juventud que, como dice ella, no sabe que hay cosas imposibles, desde entonces lucha por encontrar los argumentos y las formas de acción que van a conducir, no a la prohibición del aborto, sino a que desaparezca ya de las opciones de las nuevas generaciones. Lia Mills tiene la impresionante fuerza virginal de las grandes mujeres que hacen historia, que revolucionan la historia humana. He aquí un capítulo de su libro asombroso; el libro entero se merece una traducción y difusión por una gran editorial, porque está redactado en primera persona, como una extraordinaria novela de sus aventuras como niña y como luchadora.

Su punto de partida: las inequívocas conclusiones de la biología: en cuanto se produce el encuentro de dos células sexuales, lo que existe, desde que hay fusión en una nueva célula que se divide en dos, cuatro, ocho y pronto millones de células, es un ser humano vivo, inconfundible; el no nacido no es un órgano postizo de la madre sino un ser separado, como dice Lia, un individuo; esto vale para la especie humana como para los animales. Las ciencias sociales, en cambio, gustan de la sofística, y pretenden imponernos la idea de que sólo deberían considerarse personas  las nacidas sin una interminable lista de defectos, los considerados “útiles” a la sociedad, siendo los demás masa “sobrante”, desecho. Lia no acepta el despotismo de la ideología que pretende insinuarse en nuestra conciencia como algo evidente y benéfico. Lia tiene otras ambiciones, primero para su patria, Canadá, pero también para toda la humanidad. Veamos, agradecidos, a continuación, su lógica implacable,que no carece de sentido del humor, en el penúltimo capítulo de su primer libro.

María Poumier

¿Cómo se puede estar a favor de la mujer, de su libertad de elección, y ser pro vida a la vez?

Cuando viajo por Norte América, dando charlas en escuelas, banquetes caritativos e iglesias, esta es la pregunta que me hacen, y es lo quiero aclarar ahora. Durante demasiados años los que abogan por la vida eran vistos como misóginos, y monstruos dispuestos a arruinar la vida de las mujeres, obligándolas a volver a la edad de piedra. Todavía no estoy segura  de que estos estereotipos hayan sido merecidos alguna vez, si observamos que al menos la mitad de las militantes pro vida son mujeres hermosas, emancipadas, deslumbrantes. De hecho, gran parte de la retórica pro abortista ya se ha vuelto irrelevante y tonta.

Lo cual no quita que los medios dominantes sigan machacándola, así como los mal llamados académicos y voceros del gobierno. Yo, siendo mujer, juvenil (acabo de cumplir los veinte) y comprometida con la vida, encuentro estos estereotipos a la vez increíblemente engañosos y agresivos, insultantes. Por este motivo he decidido demostrar, para que no quede duda, que es posible ser a la vez pro vida, pro libertad de elección y pro mujer. Mi argumento, en realidad, es que sólo los que están a favor de la vida pueden estar verdaderamente a favor de la mujer y de su libertad de elección.

Para ello, lo primero es contestar la siguiente pregunta:

¿Se puede estar a la vez a favor de la vida y de la libre elección?

Como persona, siento que debo aclarar dónde me sitúo en cuanto al concepto de libre elección. Como mujer, siempre he creído en los derechos de la mujer. Son las elecciones básicas las que yo defiendo, lo mismo que cada una de las demás militantes pro vida, y por eso me resulta tan cómico sugerir que ser pro vida implicarîa negar la libertad de elección.

No me opongo a la libre elección, sino al concepto de elección sin límites.

Pues como mujer, tengo que reconocer que mi derecho a elegir lo que hago con mi cuerpo no es absoluto. Si mi derecho a elegir fuese absoluto, podría justificar fácilmente cualquier tipo de crimen que se me ocurriera, desde el robo y el asalto hasta el asesinato, diciendo simplemente que estaba ejerciendo mi derecho a elegir lo que hago con mi cuerpo. De hecho, en tanto adulta y con cierta madurez, reconozco el hecho de que mis derechos a hacer lo que me dé la gana con mi cuerpo termina donde los derechos de otro ser humano empiezan. De modo que, aun cuando defiendo sin restricción alguna el derecho de la mujer a la elección, hay ciertas restricciones que deben tomarse en cuenta y reafirmar. Y en la medida en que la ciencia afirma que el niño no nacido es un ser humano vivo y una persona distinta, separada, los derechos de la mujer terminan donde empiezan los derechos del niño.

Por este motivo, a mí me parece que los que defienden el aborto son en realidad los que se oponen a la libertad de elección y   los que se oponen a los principios básicos de la autonomía a nivel físico. Si realmente estuvieran a favor de la libertad de elección, deberían reconocer que al niño no nacido le corresponden los mismos derechos a la libre elección que a su madre. Y sobre todo, si estuvieran   a favor de la autonomía a nivel del cuerpo, sinceramente, los defensores del aborto reconocerían que el niño no nacido comparte el derecho a la vida y debería poder ejercer su autonomía corporal por igual.

Cuando de aborto se trata, se pone por encima de todo, obsesivamente, con rara intensidad, el concepto de elección. Veamos, pues: todos estamos en capacidad de ejercer control sobre nuestro cuerpo, y cada derecho lleva consigo ciertos deberes. Así, mientras   controlamos nuestro cuerpo, se supone que ejerzamos un auto control y nos atengamos a la moral básica, a las normas legales que gobiernan nuestro mundo. Si no nos conformamos con ciertas reglas, nos enfrentamos a ciertas consecuencias.

En cuanto al argumento según el cual en la cuestión del aborto de lo que se trata es de los derechos reproductivos de la mujer, se da una violación grave de la lógica. Los derechos reproductivos valen para una mujer en condiciones de elegir si va a quedar embarazada o no. Pero en realidad, a partir del momento en que una mujer está embarazada, ya no se trata de derechos reproductivos.

Los derechos reproductivos atañen a una persona individual. Apuntan enteramente a la mujer, y no incluyen a ningún otro ser humano. Pero es que una vez que la mujer está embarazada, ya son dos seres individuales los que se encuentran comprometidos en la situación. Por eso, el debate sobre el aborto no tiene que ver con los derechos reproductivos, sino con los derechos humanos. Y  de ahí que también podemos decir que los que se oponen al aborto están en una posición moral superior, porque defendemos los derechos humanos para cualquier ser humano, tanto para el niño como para la madre, mientras que los que defienden el aborto se fijan exclusivamente en los derechos reproductivos de la mujer, ignorando los derechos de cualquier otro ser individual involucrado en un embarazo no planificado.

Volviendo a mi argumento previo sobre los militantes pro vida, como defensores de la libre elección, es importante tener en mente el tema del aborto forzado. Según investigaciones llevadas a cabo en EEUU en 2004, por lo menos el 64% de las mujeres que han abortado se sintieron presionadas por otras personas en su decisión de abortar. Esto significa que al menos 64% de los abortos que tienen lugar en EEUU no son fruto de la libre elección.

Según mi experiencia personal, el porcentaje de mujeres obligadas a abortar es mucho mayor. En ocasión de la “Marcha para volver a la vida” (Back to Life Walk)[1], de diez mujeres arrepentidas después de un  aborto, ocho habían padecido presiones activas de novios, jefes, miembros de la familia, amigas o personal médico. No tenemos por hoy investigaciones suficientes sobre el aborto forzado para sacar conclusiones válidas a mayor escala, pero el hecho de que una sola mujer se haya  sentido presionada para abortar me preocupa, como feminista tradicional erizada por el tema de los derechos humanos en Canadá y en otros países afectados por el aborto. Parecería que en el fondo, en nombre de la libre elección, las mujeres han perdido la posibilidad real de elegir.

Después de examinar la cuestión y mostrar cómo el que está a favor de la vida también es un defensor de la libre elección, queda una pregunta:

¿Es posible ser a la vez defensora de la mujer y de la vida?

Pasemos por alto el hecho evidente que una mujer pro vida es también una mujer que defiende a la mujer porque es mujer, y observemos un hecho preocupante; muchas de las defensoras del aborto defienden también la práctica del aborto selectivo según el sexo del no nacido.

Explico: el aborto   selectivo se refiere al hecho de que hay quien decide abortar a un niño no nacido simplemente en función de su género masculino o femenino. En teoría esta práctica puede utilizarse para apuntar a cualquiera de los dos sexos, pero en la práctica, como ha sucedido a lo largo de la historia siempre, de lo que se trata es de una amenaza de muerte para las hembras. Esta práctica, por costumbre la asociamos con la India o con China, pero ¡resulta que pasa lo mismo en el resto del mundo, incluyendo a Canadá! Pues el derecho sin límite al aborto en Canadá convierte mi país en el lugar ideal para prácticas discriminatorias como la selección por género, sin freno de ningún tipo.[2]

Personalmente, me parece irónico que los defensores del aborto pretendan luchar por darle empoderameinto a la mujer y para adelantar en materia de derechos humanos, y estén a favor del aborto selectivo, que apunta directamente a las mujeres no nacidas, vivas en el útero de otras mujeres.

¿Será que soy demasiado lógica? ¿Se puede ser demasiado lógico?

Considerando el hecho de que Canadá no tiene leyes que pongan límite al aborto, o sea que ejercer presiones a favor del aborto y a favor de la selección entre hembras y varones es legal, parecería que la lógica sobra, en nuestro país, como algo desechable. En el siglo XXI, por lo visto, la conveniencia impera de manera absoluta sobre la inteligencia.

Como individuo pro vida, me considero defensora de la mujer porque creo que apuntar a determinados niños para poner fin brutalmente a su vida por el motivo único de que son hembras es discriminatorio y moralmente indefendible. Las feministas modernas reventarían de rabia si descubriesen que este tipo de misoginia se aplica a niños nacidos ya. Así pues, conviene subrayar que, en la medida en que la ciencia no admite dudas en cuanto al hecho de que los niños amenazados de muerte por ser féminas son personas separadas, vivas y humanas, nuestra sociedad debería enfurecerse ante la existencia y el carácter legal del aborto selectivo según el sexo.

 Pero esta no es mi única razón de considerarme defensora de la mujer por  el hecho mismo de ser  defensora de la vida. Otra razón es que existe un fenómeno muy preocupante al que yo llamo la teoría del aborto “curalotodo”.

En estos meses, estoy siguiendo un curso universitario que combina estudios políticos y estudios feministas. Al elegir este programa, sabía de antemano que eso iba a ser un desafío para mí. Pues conozco perfectamente los argumentos de las feministas al día que parecen creer que los derechos de la mujer sólo se alcanzarán plenamente con la opresión de no nacidos y una sordera completa a la voz de la moralidad. Sabía que me estaba atreviendo a desafiar tal vez el campo más ultraabortista de toda la historia: el feminismo universitario.

Por eso, cuando empecé la universidad, no me extrañó constatar que el diálogo dentro del aula en torno al aborto era exclusivamente abortista, más allá de cualquier proporción. Me lo esperaba. Pero lo que me sorprendió fue que, a pesar de mis años de experiencia enfrascada en el debate sobre el aborto, algunos de mis profesores estaban más allá de todo lo que me había imaginado.

La ideología del aborto según la demanda la imponían fervorosamente, pero además la perspectiva pro vida era objeto de una visión caricaturesca totalmente anti univesitaria. Este fenómeno de deformación grosera era consustancial a mis clases sobre feminismo, donde una profesora invitada planteó que los pro vida somos mentirosos manipuladores que encubren creencias desbordantes de xenofobia y racismo.

Observen que esto es un caso de perífrasis y paráfrasis abusiva. Mientras ella usaba las palabras “manipulación”, “xenofobia”, “racismo”, nunca nos llamaba “militantes pro vida”. Usaba el término “anti elección”. Al fin y al cabo, ningún militante a favor del aborto llamaría jamás el movimiento que lucha por salvar las vidas de mujeres y sus hijos no nacidos por su nombre: “pro vida”.

Y aquí quisiera darle las gracias a esta profesora invitada, a pesar de sus señalamientos insultantes. Su conferencia, donde defendía la necesidad de facilitar el acceso al aborto a escala internacional, fue uno de los mejores ejemplos de lo que observo de manera creciente en la retórica pro aborto.

Veamos lo que pasaría con un caso como el siguiente: una chica de  dieciséis años, sin hogar, padeciendo vejaciones sistemáticas en lo personal, se encuentra embarazada de pronto. Siguiendo el razonamiento de las feministas radicalmente pro aborto como la que intervino en mi aula, el acceso al aborto le resolverá todos sus problemas. Esto es lo que llamo la teoría del aborto “curalotodo.”

Esta teoría descansa sobre los axiomas siguientes: supone que la chica de dieciséis años seguiría anhelando un aborto si los sistemas de pobreza y falta de hogar que pesan sobre su existencia desapareciesen. Ofrecerle a esa chica de dieciséis años un aborto parece un impulso motivado por la compasión pero es de recalcar que generalmente los defensores del aborto no toman ninguna medida activa para luchar contra los distintos factores que causan la crisis que abruma a esta joven. De hecho, esta perspectiva de aborto curalotodo ignora por completo el hecho de que la joven de mi ejemplo probablemente no enfrontaría ninguna crisis por el hecho de hallarse embarazada si no fuera por su novio abusador, y por el hecho  de que no encuentra protección.

Según la ciencia, el aborto pone fin a la vida de una persona humana, viva y separada. En otras palabras, el aborto pone fin a la vida de un niño. Y nunca en nuestra sociedad reconocemos que el aborto no constituye nunca una ayuda para la mujer. Nunca, en nuestra sociedad, reconocemos el hecho de que un embarazo sorpresivo sólo se convierte en embarazo crítico cuando hay distintos factores de crisis en juego, en la vida de una mujer.

El aborto no hace nada para cambiar la situación vital de la mujer. Todo lo que hace es acabar con la vida de su hijo no nacido. ¿Por qué, entonces, actuamos como si el aborto fuese la solución curalotodo que venimos buscando desde la prehistoria?

El aborto no termina con la pobreza; ¿por qué, entonces, se lo ofrecemos tan a menudo a la mujer como una solución a sus ingresos insuficientes?

El aborto no termina con la enfermedad; ¿por qué, entonces, se la ofrecemos a mujeres en estado de enfermedad terminal?

El aborto no termina con el abuso; ¿por qué, entonces, se lo ofrecemos como solución a las mujeres que padecen de abusos?

No estoy sugiriendo que tener un niño resolverá esos problemas. Pero lo que estoy diciendo es que esas mujeres no buscarían el aborto si no fuera por los sistemas de opresión que pesan sobre su vida. Esto es lo que la teoría del aborto curalotodo ignora.

¿Y si  el embarazo no fuera el problema?  Tal vez, digo, puede que sea la crisis misma la que tenga por desenlace una situación de embarazo crítico.

La realidad es que, mientras no se  saque a las fuerzas negativas de la vida de una mujer, ella no está ejerciendo una verdadera elección. Está haciendo más bien una elección que ella cree es la única solución posible. En otras palabras, siente que no tiene alternativa. ¿Cómo es posible que eso le dé empoderamiento a una mujer que está viviendo un embarazo crítico?

La trágica ironía es que las militantes pro aborto pretenden luchar precisamente por este tipo de mujeres. Una vez más, como suelen decir mis amigas que han padecido un aborto, en el nombre de la libertad de elección, las mujeres en realidad han perdido su libertad para elegir.

Las militantes pro aborto se vienen considerando a sí mismas desde hace mucho tiempo defensoras de la mujer y de los derechos de la mujer. Pero si las defensoras del aborto estuvieran realmente a favor de la mujer, les preocuparía la forma en que el aborto se está utilizando para oprimir a la mujer a través de la selección del sexo. Si las defensoras del aborto estuvieran realmente a favor de las mujeres, les perturbarían los numerosos testimonios de mujeres que fueron acosadas, presionadas, y al final forzadas a abortar, en Canadá. Si las defensoras del aborto fuesen realmente defensoras de la mujer, se enterarían de que el aborto es fisiológicamente y sicológicamente dañino para las mujeres.

 Tal vez lo más apuñalante de todo esto es que, si las defensoras del aborto estuvieran verdaderamente a favor de las mujeres, les daría la misma rabia que a mí el descubrir que se usa el aborto como solución curalotodo para los problemas de las mujeres, y que los recursos del gobierno se invierten en esa supuesta solución en vez de dedicarse a  terminar con los ciclos de la pobreza y el abuso que tantas mujeres enfrentan cuando viven un embarazo crítico.

Al final de la jornada, un análisis  serio de toda la información permite ver claro que la única concepción del mundo defensora de las mujeres y su derecho a la libre elección que no sea tergiversada es la concepción del mundo pro vida.

Pienso que es tiempo ya de que la sociedad se enfrente a un cambio de paradigma, que será un cataclismo.



[1] Movimiento canadiense contra el tráfico de personas y el aborto, que se dio a conocer en 2013.

[2] En el Estado de Ontario, en las familias que ya tienen dos hijas, la proporción a partir del tercer nacido es de 326 niños por 100 niñas. Esto se debe principalmente a las costumbres de las familias procedentes de la India.  (ndt)

 

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